Artículo actualizado por última vez el 7 de junio de 2026.Contenido revisado y corregido
El origen de nuestra vida, el fundamento mismo de nuestra existencia, es de naturaleza mental. Las antiguas tradiciones de sabiduría suelen hablar de un gran espíritu que lo impregna todo y da forma a cada estado existencial. La creación es, por lo tanto, sinónimo de este gran espíritu, de una conciencia que lo abarca todo: surge de él y se experimenta a través de él, en todo momento. Y en todas partes. Nosotros, los humanos, también somos en esencia seres puros de conciencia, que usamos nuestra mente (consciente o inconscientemente) para explorar la vida. Esta conciencia única se expresa en diferentes niveles, que siempre se han descrito como las dimensiones cósmicas de la creación. En el siguiente artículo se explica qué son realmente estas dimensiones y por qué son lugares menos distantes que los estados de nuestra propia mente.
La consciencia representa la máxima autoridad de la existencia, pues nada puede manifestarse ni siquiera experimentarse sin ella. Por esta razón, nuestra realidad es también un producto puro de nuestra propia mente (y de los pensamientos que la acompañan), una verdad ya reconocida por la sabiduría ancestral. Principio mental de las leyes herméticas Lo describe así: El Todo es Espíritu, el universo es espiritual. Dado que este Espíritu único se expresa en cada forma de existencia, se podría hablar de una dimensión principal que lo abarca todo: la dimensión de la conciencia que lo engloba. Por lo tanto, las siete dimensiones que se describen a continuación no son espacios separados ni mundos distantes a los que uno tendría que viajar. Más bien, son diferentes bandas de frecuencia de la conciencia única, es decir, una escala de estados de conciencia que se interpenetran completamente aquí y ahora (el número de dimensiones varía según las diferentes enseñanzas, pero el modelo de siete niveles ha demostrado ser un mapa maravillosamente claro). Una planta encarna un estado de conciencia completamente diferente al de un ser humano, y así como nosotros, los humanos, podemos experimentar niveles completamente diferentes de esta escala con la ayuda de nuestra mente.
La primera dimensión: minerales, longitud e ideas irreflexivas
Desde una perspectiva geométrica, la primera dimensión corresponde a la longitud, es decir, a una simple línea entre dos puntos. En el plano de la creación, encarna el reino mineral —piedras, cristales y metales— cuya conciencia, en cierto sentido, permanece latente, aunque perfectamente ordenada (basta con pensar en la geometría perfecta de una red cristalina, donde reside la información pura). En el plano espiritual, la primera dimensión corresponde a la idea no reflexiva: un pensamiento surge fugazmente en nuestra mente, pero no se considera ni se cuestiona; en cambio, permanece como un impulso puro, como una mera posibilidad. Todo proceso creativo comienza precisamente aquí, en este estado mental primordial, silencioso e informe.
La segunda dimensión: plantas, anchura e ideas reflejadas
En la segunda dimensión, al largo se le suma anchura; la línea se convierte en una superficie visible que comienza a proyectar una sombra. En el plano de la vida, esto corresponde al reino vegetal, pues la planta ya percibe, crece hacia la luz, reacciona a su entorno e intercambia señales sutiles con él, sin poder, sin embargo, decidir libremente su ubicación. En el plano mental, encontramos aquí la idea reflejada: el pensamiento, antes inadvertido, ahora se considera y se divide en dos opuestos (como una superficie tiene luz y sombra). Sopesamos las cosas, creemos y dudamos simultáneamente, podemos imaginar algo vagamente, y aun así nuestra mente carece del conocimiento o la voluntad para llevarlo a cabo. Generamos cadenas de pensamiento, pero todavía no actuamos en consecuencia; es decir, el pensamiento sigue siendo una posibilidad, pero ya adquiere contorno y tensión interna.
La tercera dimensión: el denso mundo de la materia y el libre albedrío.
La tercera dimensión es, con mucho, el plano de creación más denso, pues aquí se añade altura al plano, creando el espacio en el que se despliega todo nuestro mundo material. La energía vibra tan lentamente en este plano que se nos presenta como materia sólida y tangible, y es precisamente esta densidad la que convierte a la tercera dimensión en un reino de experiencia único: es el gran campo de juego del libre albedrío. Aquí, como humanidad, hemos explorado la dualidad durante eones —es decir, la interacción entre luz y sombra, proximidad y separación, creación y decadencia— y aquí se nos permite aprender a usar nuestro poder creativo con total libertad. Es inherente a la naturaleza de este plano que inicialmente olvidemos nuestro verdadero origen, pues solo a través de este olvido se hace posible la experiencia de la separación. La tercera dimensión, por lo tanto, no es una prisión, aunque a veces pueda parecerlo, sino una escuela, y despertar de este olvido es quizás el mayor viaje que la conciencia puede emprender.
La cuarta dimensión: el tiempo, el plano astral y el puente del corazón.
En la cuarta dimensión, el tiempo se suma a la percepción espacial. El tiempo es una estructura tan misteriosa como informe, que guía y, con demasiada frecuencia, limita nuestra vida física, ya que la mayoría de las personas orientan toda su existencia en torno a él, sometiéndose así constantemente a presión. Pero el tiempo es relativo y, por lo tanto, cambiante: dado que cada persona crea su propia realidad, cada persona también posee su propia percepción única del tiempo (cuando pasamos un día pleno con nuestros seres queridos, el tiempo vuela, mientras que minutos de preocupación pueden parecer horas). Es precisamente aquí donde la lección de este plano se hace evidente, pues quienes se aferran constantemente al pasado o al futuro pierden el único tiempo que realmente existe: el momento presente. La cuarta dimensión es simultáneamente el plano de los sueños y el reino astral, una dimensión puente en la que la materia se vuelve más permeable y en la que comienza la evolución de nuestro cuerpo de luz. La puerta de entrada a este puente no reside en la mente, sino en el corazón, pues el corazón no conoce el tiempo lineal; solo conoce el Ahora.
La quinta dimensión: amor, unidad y autoconocimiento.
Con la quinta dimensión, entramos en el reino que siempre se ha asociado con la edad de oro y el despertar colectivo. Aquí, debemos desmentir una idea errónea muy extendida: la transición a la quinta dimensión no es un evento físico. No atravesamos un portal ni somos transportados por una nave espacial externa. La transición ocurre únicamente a nivel espiritual y emocional. Como cualquier plano, la quinta dimensión posee una frecuencia vibracional específica, y al elevar nuestra propia vibración (a través de alimentos naturales de alta vibración, pensamientos luminosos y sentimientos y acciones amorosas), nos alineamos gradualmente con esta frecuencia. Cuanto más amor, armonía, alegría y paz encarnemos en nuestra realidad, más viviremos pensando, sintiendo y actuando en la quinta dimensión, en medio de la vida cotidiana, en medio de este mundo aparentemente denso. Una persona que ha despertado a este nivel interior comprende que todo el universo está compuesto de energía, que todo vibra y que, en su esencia, no existe separación; en otras palabras, se reconoce a sí misma en los demás. La autoconciencia se profundiza, las sincronicidades aumentan y la vida comienza a fluir milagrosamente, porque el propio campo vibra ahora en armonía con el amor como la frecuencia más elevada de la creación.
La sexta dimensión: emociones superiores y la influencia de lo divino.
La sexta dimensión, en comparación con la quinta, es un plano aún más luminoso y ligero, un estado de emociones, sensaciones y acciones superiores. En este nivel, los patrones de pensamiento inferiores ya no encuentran terreno fértil, pues la vida se ha comprendido en su profundidad, y las acciones de uno emanan en gran medida de los aspectos divinos del ser. Es importante comprender que el ego no se destruye ni se descarta en este camino, pues el ego en sí mismo no es inherentemente malo (nos otorga individualidad y la capacidad de existir en forma). Más bien, sus aspectos negativos, nacidos del miedo y la carencia, se han purificado, y el yo clarificado se pone al servicio del alma. La identificación, por lo tanto, se desplaza del yo pequeño y separado al yo divino, que es consciente de su interconexión con toda la vida. Una persona que encarna este nivel actúa con un poder superior, es decir, para el bien del conjunto mayor, e irradia un amor sereno e inquebrantable que ya no depende de circunstancias externas, pues brota de la Fuente misma.
La séptima dimensión: la conciencia crística y la sutileza ilimitada.
La séptima dimensión, finalmente, es el reino sutil e ilimitado de la vida, un plano más allá del espacio y el tiempo donde las estructuras físicas se disuelven por completo, mientras la propia estructura energética vibra en la luz más pura. Aquí, la conciencia existe como poder creativo puro; es decir, cada pensamiento es simultáneamente realidad manifestada, sin demora, sin resistencia, y la muerte pierde todo significado, puesto que la conciencia ya no se identifica con la forma transitoria. En las tradiciones antiguas, este plano también se conoce como el plano crístico, pues la conciencia crística es el estado más elevado de conciencia que puede encarnarse en la creación: amor puro e incondicional, perfectamente uno con el fundamento divino. Hace unos dos mil años, este estado nos fue demostrado, pero el mundo de entonces aún no estaba preparado para comprender esta alta frecuencia. Hoy, sin embargo, en una época en que la vibración planetaria y humana aumenta constantemente, cada vez más personas recuerdan sus raíces sutiles y comienzan a reavivar su chispa divina interior. El camino es largo, y sin embargo, ya está presente en cada uno de nosotros.
Un mapa, no una carrera.
Finalmente, permítanme decir algo crucial: Las siete dimensiones no son una escalera que deba escalarse ambiciosamente, y ciertamente no son una competencia espiritual. Todos los niveles existen simultáneamente, aquí y ahora, y se interpenetran completamente entre sí; en otras palabras, todos oscilamos diariamente entre diferentes estados de conciencia (en un momento de profunda conexión, tocamos el quinto nivel; en una hora de miedo, nos hundimos de nuevo en la densidad, y ambos son parte del ser humano). El viaje a través de las dimensiones no es, por lo tanto, un logro, sino un recuerdo, porque todo lo que buscamos ya está dentro de nosotros. Algunas enseñanzas describen dimensiones adicionales, puramente sutiles, más allá del séptimo nivel (a menudo se mencionan doce en total), pero estas desafían en gran medida la descripción. Lo que importa, en cualquier caso, no es el número de niveles, sino la dirección de nuestra propia mente, porque como Creador de nuestra propia realidad En cada momento decidimos a qué frecuencia damos cabida en nuestras vidas. Todo siempre comienza dentro de nosotros, en nuestra mente; nunca lo olvides. Con esto en mente, mantente sano, satisfecho y vive una vida en armonía. 🙂
Eh, tú,
Acabo de leer tu post y quería comentar algunos aspectos.
Soy de la opinión de que no podemos alcanzar la séptima dimensión en nuestra vida "actual". Físicamente, no podemos 'disolvernos' en este mundo, en nuestra tierra, y simplemente aparecer como conciencia energética, al menos no mientras estemos vivos (a menos que existan ciertos rituales que sólo lo hagan posible por un tiempo limitado). Porque cada persona tiene una determinada capacidad de imaginación. Esto significa que, en mi opinión, ningún ser humano en esta tierra consigue llegar a este estado de forma natural. A mí todo lo que sucede después de la muerte me parece muy realista. Dado que, como es bien sabido, sólo tenemos a nuestra disposición una pequeña "parte" de nuestro cerebro, es posible que después de la muerte nos separemos de todo el aspecto físico, es decir, de nuestro cuerpo, porque no lo tenemos en Todos en la siguiente dimensión necesitan más. Entonces es posible que el espacio y el tiempo no influyan. En la siguiente dimensión también podemos ser conscientes del significado "general" y "real" de la vida. Ciertamente no lo descubriremos en nuestro mundo, y en mi opinión eso es algo bueno, porque la cuestión del significado de la vida es lo que nos mantiene (más o menos) vivos.
Creo que sería realmente interesante hablar más contigo sobre estos temas. Quizás suceda algún día. Por supuesto, esto es sólo mi opinión y completamente subjetiva, porque no importa qué tesis planteemos, nadie lo sabe con certeza. Por eso es más o menos imposible confirmar su exactitud.
Pero por lo demás me pareció muy interesante tu texto, ¡gracias!
¡Manténgase saludable y mis mejores deseos! 🙂
Todas las realidades están integradas en el Ser sagrado de cada uno. El Ser es el fundamento divino, la fuente, el camino, la verdad y la vida. Todo es uno, y uno es todo. – ¡La más elevada autoimagen!
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Iveta Schwarz-Stefancikova
Los animales y otros seres vivos (excepto los parásitos) ya pertenecen aquí en la Tierra en las dimensiones 6 y 7 e incluso superiores.
Buen día
Estoy interesado en
Eh, tú,
Acabo de leer tu post y quería comentar algunos aspectos.
Soy de la opinión de que no podemos alcanzar la séptima dimensión en nuestra vida "actual". Físicamente, no podemos 'disolvernos' en este mundo, en nuestra tierra, y simplemente aparecer como conciencia energética, al menos no mientras estemos vivos (a menos que existan ciertos rituales que sólo lo hagan posible por un tiempo limitado). Porque cada persona tiene una determinada capacidad de imaginación. Esto significa que, en mi opinión, ningún ser humano en esta tierra consigue llegar a este estado de forma natural. A mí todo lo que sucede después de la muerte me parece muy realista. Dado que, como es bien sabido, sólo tenemos a nuestra disposición una pequeña "parte" de nuestro cerebro, es posible que después de la muerte nos separemos de todo el aspecto físico, es decir, de nuestro cuerpo, porque no lo tenemos en Todos en la siguiente dimensión necesitan más. Entonces es posible que el espacio y el tiempo no influyan. En la siguiente dimensión también podemos ser conscientes del significado "general" y "real" de la vida. Ciertamente no lo descubriremos en nuestro mundo, y en mi opinión eso es algo bueno, porque la cuestión del significado de la vida es lo que nos mantiene (más o menos) vivos.
Creo que sería realmente interesante hablar más contigo sobre estos temas. Quizás suceda algún día. Por supuesto, esto es sólo mi opinión y completamente subjetiva, porque no importa qué tesis planteemos, nadie lo sabe con certeza. Por eso es más o menos imposible confirmar su exactitud.
Pero por lo demás me pareció muy interesante tu texto, ¡gracias!
¡Manténgase saludable y mis mejores deseos! 🙂
Somos partículas cuánticas, una vez aquí y otra allá, en un mundo que continúa para siempre...
Clase mundial: siento lo mismo :-))
Es genial, está explicado de forma sencilla y me ayudó mucho :) Gracias desde el fondo de mi corazón.