Hay incontables personas que creen firmemente en Dios, que le rezan y están profundamente convencidas de su existencia, y sin embargo, en el fondo, se sienten separadas de Él y solas. Anhelan la fuente divina, pero no lo sienten en sus corazones, como si un velo invisible las separara de Él. entre ellos y la fuente de todo ser. Este velo tiene un nombre, y es la ilusión del ego, es decir, esa parte de nuestro ser que, por miedo y separación, se superpone y oscurece nuestra propia conexión, que nunca perdimos realmente, con lo divino.
La ilusión de la separación

El pensamiento material y la mente espiritual
A menudo nos quedamos atrapados en patrones de pensamiento puramente materiales y tridimensionales, y en cuanto intentamos imaginar a Dios, no podemos trascender el horizonte limitado del intelecto. Este pensamiento materialista proviene de los aspectos densos del ego y de una conexión debilitada con nuestro intelecto espiritual. El intelecto espiritual, a su vez, es el aspecto sensible, intuitivo y pentadimensional de todo ser humano; representa nuestro lado misericordioso, compasivo y amoroso, y constituye el verdadero puente hacia lo divino. Quienes descansan en esta percepción superior experimentan a Dios no como un poder distante y desconocido, sino como una presencia inmediata en sus propios corazones. Se trata, por lo tanto, de desplazar la atención del denso ego hacia este aspecto luminoso del alma, pues allí, en la quinta cámara del corazón, el fundamento divino del ser se revela en toda su calidez.
¿Por qué Dios no crea el sufrimiento?

El regreso a la conexión divina
La forma más efectiva de disolver el sentimiento de separación reside en reconectar con nuestra alma y permitir que la paz interior se asiente en nosotros. Tan pronto como comenzamos a vivir en armonía y a purificar con amor los aspectos más densos de nuestro ego, creamos naturalmente un entorno pacífico a nuestro alrededor. Nuestros pensamientos y sentimientos fluyen constantemente hacia el campo colectivo, alterando el estado de conciencia de toda la humanidad (como es adentro, es afuera). Por lo tanto, cada individuo es de suma importancia para la realización de un planeta pacífico, y cada persona contribuye al avance del despertar colectivo. Para quienes deseen profundizar en este camino, recomendamos el artículo sobre el tema. cómo el ego puede reprimir nuestra verdadera naturaleza humana, así como la constatación de que Somos los creadores de nuestra propia realidad..
Reconocer a Dios dentro de nosotros nuevamente
En última instancia, no necesitamos buscar a Dios en un mundo externo distante, pues el Reino de Dios reside en nuestro interior, en la quietud de nuestros corazones. Tan pronto como se purifican los aspectos temerosos de nuestro ego, el velo cae y comprendemos que nunca estuvimos separados, sino siempre unidos a la fuente divina. En cada pensamiento amoroso, en cada acto de perdón y en cada momento de paz interior, regresamos un pedacito de hogar. Así, el anhelo de Dios se convierte en un suave redescubrimiento de lo que siempre ha residido en nosotros. Cuanto más moramos en esta quietud interior y cuanto más amorosamente aceptamos nuestros aspectos más complejos, más claramente brilla la chispa divina en nosotros y llena todo nuestro ser de una profunda sensación de seguridad.
palabras de cierre
La separación de Dios siempre ha sido una mera ilusión, tejida con los aspectos temerosos de nuestro ego, y se disuelve al regresar a nuestra alma amorosa. El Dalai Lama dijo una vez: «No hay camino hacia la paz, pues la paz es el camino». Es precisamente esta paz la que nos reconecta con la fuente divina. Todo comienza siempre dentro de nosotros, en nuestro espíritu; nunca lo olvides. Con esto en mente, mantente sano, satisfecho y vive una vida en armonía. 🙂

