Los ciclos y las recurrencias son parte integral de nuestra existencia, pues toda la creación se mueve continuamente en ritmos, en un flujo y reflujo eterno que se remonta a la ley hermética del ritmo y la vibración. Precisamente por esta razón, todo ser humano experimenta el más grande y completo de todos los ciclos: el ciclo de nacimiento, muerte y renacimiento. Renacimiento. Muchos se preguntan qué sucede después de la muerte, si seguimos existiendo y si hay vida después de la muerte. La verdad es que la muerte nunca es un final, sino siempre una transición.

El ciclo del renacimiento

Nuestra frecuencia vibratoria determina el progreso.
Todos los estados materiales e inmateriales son, en última instancia, expresiones de procesos energéticos, y por lo tanto, cada persona lleva dentro de sí una firma energética completamente individual, una frecuencia vibratoria única. Dado que nuestras vidas son producto de nuestro propio espectro de pensamientos, estos moldean incesantemente esta frecuencia (cada acción es primero un pensamiento, una idea, que luego se manifiesta en el plano material). Un espectro de pensamientos positivo, apoyado por creencias armoniosas, amorosas y pacíficas, eleva nuestra vibración, reduce la densidad de nuestra base energética, disuelve bloqueos emocionales y tiene un efecto curativo que se extiende al cuerpo. Por el contrario, un espectro de pensamientos caracterizado por la frialdad, la injusticia y la pesadez interior nos densifica y nos ata más fuertemente a la densidad. Esto deja claro de inmediato por qué es clave que los creadores de nuestra propia realidad convertirnos en y alinear conscientemente nuestro mundo interior.
Los siete niveles del más allá
A partir de las experiencias acumuladas de todas nuestras vidas pasadas, se configura lo que llamamos la vida después de la muerte (esta vida y la vida después de la muerte son los dos polos de un mismo ser, pues todo, salvo el fundamento atemporal y sin espacio, posee dos caras). La vida después de la muerte se divide en siete niveles vibracionales, y nuestro propio estado vibracional nos asigna automáticamente, al morir, al nivel que corresponde a nuestra vibración. De este modo, se produce una clasificación energética perfectamente justa: cuanto mayor sea nuestro desarrollo espiritual, mental y moral, mayor será nuestra vibración y más brillante el nivel en el que se nos recibe. Tras un cierto tiempo, renacemos para tener la oportunidad de seguir evolucionando. Cuanto más alto sea el nivel en el que nos encontremos, más tiempo permaneceremos en él antes de que comience la siguiente encarnación.
Convertirse en dueños de la propia encarnación
El objetivo de este inmenso ciclo es alcanzar el punto más elevado, donde no se requiere ninguna clasificación energética adicional. Logramos este estado al convertirnos en dueños de nuestra propia encarnación, al desenredar por completo nuestra base energética y al elevar nuestra vibración al máximo. Esto se hace posible cultivando un espectro de pensamiento totalmente positivo y transformando todos nuestros aspectos sombríos: nuestros traumas, nuestros enredos kármicos de vidas pasadas y los elementos de nuestra mente egoísta, que no debemos combatir, sino aceptar e integrar con amor. Lo que ocurre entonces roza el milagro para nuestras mentes: alcanzamos un estado de inmortalidad física. El alma siempre fue inmortal, pero ahora el cuerpo la sigue hacia la libertad, y el ciclo de renacimiento encuentra su culminación.
palabras de cierre
El ciclo de la vida no es, por lo tanto, motivo de temor, sino la disposición más amorosa de la creación, pues nos ofrece continuamente la oportunidad de crecer, sanar y encontrar nuestro camino de regreso a casa. Todos somos viajeros en este camino, seres eternos que transitamos el dualismo de la vida para, finalmente, tomar plena conciencia de nuestra verdadera naturaleza inmortal. Todo siempre comienza dentro de nosotros, en nuestro espíritu; nunca lo olvides. Con esto en mente, mantente sano, satisfecho y vive una vida en armonía. 🙂


