Artículo actualizado por última vez el 8 de junio de 2026.Contenido revisado y corregido
Toda la creación, con todos sus niveles visibles e invisibles, emana de una misma fuente: un fundamento divino omnipresente que se entrelaza con cada frecuencia y vibración de la existencia. La pregunta de quién o qué es Dios ha acompañado a la humanidad desde el principio de los tiempos, e incluso los más grandes pensadores la han abordado sin encontrar jamás una respuesta definitiva. Sin embargo, ya llevamos esta respuesta en nuestro interior, pues se revela menos a la mente racional que al corazón abierto y amoroso.
La mayoría crecimos con una imagen muy específica: la idea de Dios como un anciano sabio entronizado en algún lugar por encima o más allá del universo, velando por nosotros desde allí. Esta imagen no surgió de la malicia; más bien, es una expresión de nuestra comprensión limitada y cotidiana, que intenta forzar lo infinito a una forma humana para hacerlo comprensible. Así, inconscientemente, levantamos un muro entre nosotros y lo divino al declarar a Dios como una persona externa, una entidad distante a la que temer o apaciguar. Cuanto más nos aferramos a esta imagen, más nos alejamos de la verdadera realidad, que es mucho más simple y mucho más inmensa de lo que nuestra mente puede comprender. Sin embargo, esta imagen infantil no es un error que deba condenarse, sino un primer intento tentativo de nuestra alma por recordar su verdadero origen, por lo que debemos cultivarla con amor y no desecharla.
Dios como fundamento omnipresente de todo ser.
Dios no es una persona, sino un ser omnipresente, una conciencia viviente que impregna cada estrella, cada brizna de hierba y cada célula de nuestros cuerpos. Dado que todo se basa fundamentalmente en la vibración y la resonancia (incluso un pensamiento no es otra cosa que energía sutil), podemos entender el fundamento divino del ser como esa frecuencia primordial de la que se despliegan todas las formas de vida. Este fundamento del ser recibe muchos nombres (la Fuente, el Todo-Uno, la Conciencia Crística, la chispa divina), y sin embargo, todos significan lo mismo: ese poder creativo inconmensurable que mora en todo y lo conecta todo. Como afirman las enseñanzas herméticas, así dentro, así fuera, y así es precisamente con lo divino, pues lo que nos maravilla externamente como creación reposa simultáneamente como una semilla divina dentro de nosotros. Todo es uno y uno es todo; esta no es una frase piadosa, sino la simple descripción de la realidad. Lo que los sabios y místicos de todas las culturas siempre han descrito como el origen divino resuena en cada respiración, en cada rayo de sol y en cada encuentro amoroso; Así pues, nos encontramos con lo sagrado no solo en la iglesia o en la oración silenciosa, sino en medio de la vida misma, llena de vitalidad.
Por qué tú también eres una expresión de lo divino
Pero si todo lo que existe consiste en esta única fuente divina, entonces se deduce una comprensión simple pero revolucionaria: que nosotros mismos somos una expresión de esta misma fuente. Somos, en cierto sentido, una chispa individualizada de lo divino, un reflejo de la fuente primordial, que experimenta tanto la realidad espiritual como la física en un mundo físico y dualista. Cada aspecto de nuestro ser —nuestros pensamientos, nuestras palabras, nuestras manos— consiste en su esencia en esta sustancia divina, y por lo tanto somos simultáneamente poderosos creadores de nuestra propia realidad, creando continuamente nuestras vidas desde dentro de nuestra propia consciencia. Quien realmente abrace esta idea jamás volverá a ver el mundo con los mismos ojos. En esencia, todos llevamos dentro de nosotros un anhelo silencioso, un anhelo de regresar a la fuente, y este anhelo no es otra cosa que el recuerdo de la chispa del gran fuego del que una vez surgió. Es precisamente por esta razón que los invito a leer el artículo Por qué tú también eres Dios para profundizar aún más en esta verdad, y también en la consideración de que Somos los creadores de nuestra propia realidad. son.
Desde la mente que juzga hasta el recuerdo
Siento que puedo hablar abiertamente de mi propia historia, porque durante mucho tiempo fui una persona muy cerrada de mente y prejuiciosa que descartaba todo lo relacionado con Dios y la espiritualidad como una tontería. En aquel entonces, mi mente no era una enemiga, sino simplemente una herramienta que usaba mal, dejándola dominarme y cerrando mi corazón a cualquier experiencia más profunda. Solo cuando comencé a conectar esta mente despierta con un corazón abierto pude reconocer que la respuesta siempre residía en mi interior y nunca en el distante mundo exterior. La mente no quiere ser dominada, sino guiada con amor; en otras palabras, es una sierva maravillosa en cuanto deja de ser nuestra única dueña. En ese preciso instante, el juicio se transforma en comprensión, y la estrechez de miras en amplitud, y recordamos lo que esencialmente nunca hemos dejado de ser. En retrospectiva, fue precisamente esa constricción interna la que finalmente me hirió tanto que tuve que abrirme, y en el preciso momento en que solté mi juicio, una tranquila calidez divina fluyó en mi corazón por primera vez.
palabras de cierre
Imaginemos, queridos míos, si cada persona actuara desde esta consciencia y reconociera en los demás la misma chispa divina que lleva dentro. No habría más guerras, ni sufrimiento, ni injusticia. En cambio, crearíamos juntos un verdadero paraíso en la Tierra e inundaríamos el mundo con amor y paz. Precisamente hacia ahí nos conduce el gran proceso de ascensión de nuestro tiempo, paso a paso, y cada uno de nosotros aporta una valiosa pieza a través de su propia sanación interior, pues solo cuando nos sanamos a nosotros mismos sanamos al mundo. Todo siempre comienza dentro de nosotros, en nuestro espíritu; nunca lo olviden. Con esto en mente, manténganse sanos, contentos y vivan una vida en armonía. 🙂
Todas las realidades están integradas en el Ser sagrado de cada uno. El Ser es el fundamento divino, la fuente, el camino, la verdad y la vida. Todo es uno, y uno es todo. – ¡La más elevada autoimagen!
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